“La cosa va mal, ya suman más los vigilantes que los locos”

La frase no es mía y la cierra el anónimo cibernauta que la lanzó al espacio virtual con un certero, angustioso: “y la jaula quedó dentro del pájaro”. Esto en relación a la cada vez más preocupante ausencia de auténticos líderes, aquellos en cuyo pensamiento encontrábamos no solo la esperanza para la construcción de un mundo mejor sino el compromiso con la justicia, concepto que hoy parece agotado. Voces, en fin, cuyas valientes denuncias frenaban el abuso o al menos así nos los parecía. Es hablar del espíritu de comunidad que se pierde en aras de una imparable globalización. Vamos hacia ese intangible llamado aldea global, una propuesta de techo común pero que, a juzgar por sus resultados, más se parece a un siniestro plan elaborado con fines esclavistas. Cada día invisibles cadenas mantienen al hombre atado a trabajos basura, a la moda, a las drogas, al alcohol, a la propiedad, a la televisión, al consumo, a la felicidad fácil pero sobre todo a la feroz carrera por obtener el poder del dinero. Parece que la inteligencia se hubiera doblegado en su lucha contra el desastre. Esta semana José Vidal en su artículo “La Derechización del Mundo”, escribía una dolorosa denuncia contra su colega, compañero de trinchera y amigo Franco Alberoni, rector de la Universidad de Trento en aquellos años sesenta cuando la academia se echó a la calle para dar defender la libertad. Lo acusa de colaborar en el equipo del ex primer Sandro Berlusconi. El comentario va al corazón de una Italia que parece no decidirse por el cambio y todavía regatea el voto que dio el triunfo al socialista Romano Prodi. Parece que se repite aquella lapidaria consigna escuchada en otros lares, “que regresen los corruptos”.
Y a propósito de golpes, unos bajos otros no tanto. Jesús de Polanco, principal accionista del grupo PRISA editor de “El País”, habló de las recientes manifestaciones organizadas por el Partido Popular como la presencia del “franquismo duro y puro”. La respuesta no se hizo esperar y ahora el PP anuncia que hará un boicot contra el grupo empresarial de Polanco. No sabemos si en coincidencia pero este diario ha publicado estos días un reportaje detallado sobre las facturas que cobraba el ex ministro Eduardo Zaplana (PP) en regalos para la familia: mil 400 euros por una comida, 22 mil para bocadillos, 20 mil en turrón. Se le acusa también de utilizar aviones privados para viajes personales al igual del cobro que hacía de facturas por 55 céntimos (7 pesos) para la compra de chicles Trident o de 1.29 euros para lentejas.
Lo cierto es que la democracia no se consolida para dar paso a una auténtica alternancia. Desde el 14 de Marzo del 2004 la reacción rencorosa del partido perdedor, el PP, ha llevado la política a páginas de escándalo. A propósito de esto Javier Pérez Royo escribe en su artículo Círculo Vicioso: “Por poco probable e incluso por muy remota que sea, la posibilidad de perder (en elecciones) tiene que ser contemplada porque de lo contrario la desorientación en la que se coloca la dirección del partido que pierde es de tal magnitud que queda inhabilitado en la práctica para hacer política. Porque al éxito imprevisto es fácil adaptarse, pero a la derrota descartada es casi imposible”. ¿Donde hemos visto el fenómeno?
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Angela Merkel es ya líder indiscutible de la Unión Europea, Michelle Bachelete cumple un año al frente del gobierno chileno, Hilary Clinton se prepara para contender por la presidencia de la nación más poderosa del planeta, Segolene Royal hace lo suyo en Francia, nadie se ha pronunciado en su contra por ser mujeres como se hizo en su momento con la poco popular ex primera dama Martha Sahagún. Incapaz para ejercer su defensa y de igual manera su descalificación, siempre me resulto inaceptable escuchar el estribillo misógino venido incluso de personas preparadas, evolucionadas, descalificándola por su condición femenina con el ya conocido y mexicanísimo…che vieja. Si bien estamos lejos de Europa y de la democracia gringa, tenemos ya el ejemplo cercano de los chilenos, sin duda hay que cambiar el chip.
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Barcelona es una ciudad que marca pautas, innova normativas y orienta sus proyectos pensando en el beneficio de una ciudadanía que pondera ese intangible llamado “calidad de vida”. En materia de transporte cuenta con una extensa red de autobuses, limpios, puntuales, con paradas y carriles establecidos que todo mundo respeta. El metro, uno de los más antiguos de Europa, cada día se mejora modernizando sus convoyes ahora más silenciosos y amplios. La red de cercanías de la RENFE, quitando los últimos meses erizados de fallos por obras de ampliación, establece una eficiente conexión con comarcas y pueblos cercanos. La red de trenes catalanes son un ejemplo de eficiencia y mantenimiento. Pues la Generalitat, no contenta con todo esto, ha sumado esta semana al sistema de trasporte de masas la bicicleta, un servicio bautizado como Bicing. Miles de estos vehículos se encuentran ya en aparcaderos especiales, acceder a ellos le costará al usuario 15 pesos a la semana o bien el abono de 360 al año. Con esta suma puede montarse por espacio de media hora o pagar 50 céntimos por cada 30 minutos adicionales y por no más de dos horas al día.
Lo que se ve lejos de resolver es el asunto de la vivienda. Comienzan las manifestaciones de jóvenes en plazas de Madrid y Barcelona, no es para menos, estos días aparecía el anuncio de venta de micro pisos con superficie de 10, sí, ¡diez metros! cuadrados por el precio de un millón cuatrocientos mil pesos y de seguro que habrá lista de espera.