“Indiferencia”

Desde mi ventana veo como se dibuja entre la niebla, boira le dicen acá, el perfil de la montaña del Montseyn que se levanta entre los bosques de Collserola, parque natural y pulmón de esta ciudad que también fue romana en alguna de sus páginas. En este cinturón de verde oscuro sorprende igual la majestuosa formación rocosa donde se encuentra labrado a cincel el monasterio de Montserrat, recordando que fue en el siglo IX cuando se encontró en su cima la imagen de la virgen que dio nombre al sitio.
Sigue lloviendo desde hace dos semanas y los días de aquella primavera impertinente de Febrero/Marzo quedaron olvidados bajo el manto de gruesas nubes que parecen venir desde la montaña y el Mediterráneo. Los termómetros alcanzan otra vez cifras de un solo dígito, las laderas del pre Pirineo se cubrieron con el manto blanco que rescata de momento el glamoroso negocio alpino del esquí y que deja calles y carreteras y bosques y gente humedecida y aterida también un poco.
La ciudad padece una segunda semana de compactos contingentes de turistas que no se porque dan la impresión de ser todos italianos, quizá se deba a lo mucho que hablan o el tono de voz tan alto que acostumbran, a lo guapos y guapas que son, al indubitablemente estilo “fashion” como visten. Como otros van con el botellín de agua en una mano y la cámara digital en la otra, suben y bajan por las ramblas llevándose como recuerdo de su visita a Barcelona imágenes de las estatuas humanas: la princesa india, el che que ahora receta discursos sesenteros, el centauro que silba como ave, la vaca con sus tetas vacías, etc. Uno más de los atractivos locales, que sin duda acumula más visitas que el Carrer del Bisbe, la Casa Batlló o la iglesia de San Antonì Gaudí mejor conocida como Sagrada Familia.
Ni el mal tiempo ni las amenazas de ETA inciden para detener la estadística al alza de vuelos llamados de bajo costo y que ya colocan a la Ciudad Condal entre las primeras de este nicho de mercado, que igual vende el vuelo de 40 euros al grupo de amigas londinenses que, sin necesidad de pagar hotel, celebran la despedida de soltera en bares del Barrio Gótico o del Borne y donde además multiplican por cuatro su dinero a la hora de beber, para, a la mañana siguiente, tomar desmaquilladas el avión de regreso desde Girona. O bien el de 35 euros a la apacible pareja de sexagenarias lesbianas que desde Bruselas y con envidiable cara de felicidad, tomadas de la mano, acuden al concierto por la tarde en La Pedrera. Ya entrada la noche y después de una fideúa rociada con sangría que ningún catalán se atrevería a catar, las vemos regresar a su hostal de la Calle de Valencia para salir muy temprano en el tren de un euro, desde la estación de Francia, al aeropuerto del Prat del Llobregat.
En el FNAC se venden cada vez menos libros y más nintendos. En la boquería menos productos frescos y más envases plásticos con fruta picada a precios de oro. La media docena de bodegas que sobreviven en el área venden cada día menos finos y vermú y han tenido que incluir la coca light para acompañar la tapita de anchoas con olivas.
En las calles aledañas a Plaza Cataluña hemos dejado de ver al colectivo de los top manta, vendedores de lentes, bolsos y música pirata, todos llegados del continente africano y después de épicas travesías navegando en precarias pateras. Cada vez es menos frecuente verlos aparecer de la nada y raudos colocar su mercancía sobre un rectángulo de manta en cuyas esquinas han atado un cordel. El siempre atlético moreno sostiene con una mano los cuatro cabos mientras con la otra promueve la venta de su mercancía y la cobra. Se colocan siempre en grupo uno al lado de otro. Otean el “peligro” con ojos tristes y zigzagueantes. Una señal inaudible, como una brisa imperceptible, los hace ejecutar un acto no desprovisto de encanto: rapidez, precisión, reflejos felinos aprendidos en la selva, imaginamos, los hace levantar en un segundo la exhibición, apretar contra el pecho el envoltorio y colocarse a diez metros de distancia en una ordenada huida ante la presencia de los Mossos d’Escuadra, policía local. Sin dejar de vigilar la retaguardia y cuidando que ningún compañero quede rezagado, se mezclan entre los demás transeúntes mimetizándose al instante como uno más de los que andamos por acá buscándonos la vida, eufemismo para referirse a esto de sobrevivir sin perder la esperanza. La última vez que me tocó el espectáculo éramos más los que esperábamos el momento de la huida que los que se habían detenido a comprarles algo.
Después del incidente la calle recupera su cara y para el paseante que acaba de doblar la esquina no ha sucedido nada, viene abrazado a su chica que lo remolca desde el culo, atenazándole la nalga, mientras le cuenta sin parar no se que cosas de una tal Montse. Yo dejo para otro día mis conjeturas sobre el inevitable deterioro y el supuesto beneficio que el turismo de masas ocasiona sin remedio a las ciudades museo como esta, como nuestro Querétaro. Otro momento para enlistar las pérdidas en historia gastronómica y salud del ciudadano, que ocasiona la comida chatarra. Quizá sea mañana cuando escriba sobre el pésimo gusto de los visitantes de economía restringida que han terminado por llenar los sitios de interés con chiringuitos de baratijas. Más complicado aún opinar ahora sobre el drama de esos millones que desde las tundras, los desiertos, el campo, desde el sur y la miseria sueñan con incorporarse al paraíso del primer mundo. No es indiferencia ni desánimo, es solo que la vida también hoy decidió seguir su curso inexorable sin apenas tomarnos en cuenta.