“Ramadán y otoños”

“Todas percepción, ya es memoria”
Henri Bergson
Comienza el mes sagrado para los musulmanes, el Ramadàn. Son los seguidores de Mahoma una comunidad que en España suman un millón de personas y en Cataluña 200 mil. A partir de esta semana serán treinta días de ayuno y oración para los adultos. Abstención, desde la salida hasta la puesta del sol, de bebidas, alimentos, fumar y sexo. Durante las horas del día y al menos en seis ocasiones serán llamados a la oración por el Imán. Al ponerse el sol, 8.03 horas en el caso del pasado lunes, se reúne la familia en torno a la mesa y celebran el fin del ayuno con abundantes platillos de la cocina árabe, en especial con la Harira, en el caso marroquí, una espesa y perfumada sopa cargada de legumbres, carne, garbanzos y lentejas. El calendario de los musulmanes es el lunar y por lo tanto su mes comienza con Selene en creciente. Dividen el mes sagrado en ashras o sea etapas de diez días a saber, la primera dedicada a la Misericordia de Dios, la segunda al Perdón de Dios y la tercera a la Salvación. Este tiempo es también para difundir el conocimiento y la palabra del Corán, para dedicarse a la limpieza espiritual y la iluminación. Es tiempo también de comprar ropa y zapatos nuevos, de guardar “silencio” en el sentido de no proferir insultos, ni mentiras, ni engaños, en fin, una fiesta de la existencia rindiendo culto a lo sagrado. En mi barrio, habitado por ciudadanos de todo el planeta, puedo sentir la presencia de Alá en estos días cuando observo que la panadería de la esquina permanece cerrada hasta muy entrada la tarde, al igual que la carnicería. Los callejones del barrio se miran vacíos hasta las nueve de la noche en que triciclos, balones, gritos infantiles y el fuerte acento árabe vuelven a poblarlos. Es la fiesta principal de los hijos de Mahoma que durante el día se diluyen en la oración, para luego avivar la noche con la fiesta de todas las fiestas: la reunión en familia en torno a la mesa.
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El pasado fin de semana la ciudad se lleno de carteles anunciando las fiestas patrias mexicanas. Culminaban estas el sábado en la noche, en la plaza central del espacio conocido como el “Pueblo Español”, uno de los principales atractivos de la ciudad donde existe una réplica a escala de las diferentes arquitecturas de la Península. Se anunciaba una kermés mexicana, concierto de mariachis, cantina, lucha libre, rifas, muestra gastronómica y por supuesto la ceremonia del grito. Yo pensé que me daría tiempo y primero me fui al Almazen, un bar en el Raval, para asistir a la función del espectáculo “Cabaret Cabrón, pero profesional”, mimos de primer orden, gesticuladores sorprendentes, diálogos punzantes, en fin, dos horas de humor inteligente, ácido y también escatológico, fórmula infalible de provocar al auditorio y que yo, como soy un queretano muy propio no me hace mucha gracia hablar de cacas. La cuestión es que salí ya muy tarde del mentado Almazen y me dio mandra desplazarme hasta el sitio tomado por las huestes mexicas. Supuse también, por la hora y el tequila ingerido, que deberían de estar ya en el nivel “eres como mi hermano”, que sabemos se encuentra al filo del despeñadero. Al día siguiente la prensa consignaba que a diferencia de otras ocasiones este año brillaron por su ausencia los amplios sombreros de mariachi o los zapatistas, para dar paso a lo que podía ser la nueva marca de la casa: la máscara de luchador. Por cierto, algún comerciante avispado se dedica a vender sombreros dizque mexicanos en una tienda de baratijas al final de la rambla y ha convertido esta prenda en souvenir obligado de muchos turistas. Tal como los veíamos hace tiempo en el aeropuerto de la Ciudad de México o de Acapulco, ahora se pasean por las ramblas bajo el amplia sombra de la palma mexicana teñida, eso si, en colores muy chillones, diríamos nosotros.
El día anterior me fui a la Casa América para ver , entre las cabeceadas que daba el vecino de enfrente, la película Nicotina. No se si por haberla visto haciendo bending de boxeador o por sus diálogos terriblemente flojos, fue que no me gusto. Lo que si pude comprobar es que para los mexicanos cine y comer son una cosa…¿o es que comemos todo el tiempo? no pude dejar de observar al paisano obstruir la mirada del de atrás mientras levantaba el tetrabrick de un litro y lo dejaba un buen rato ahí izado, como bandera, mientras succionaba el jugo de pomelo. Además transcurrió un buen tramo de la película antes que dejara de hacer ruido con las varias bolsas de alimentos con las que se había avituallado para la jornada.
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Se acerca el otoño, lo sabemos por el viento que nos trae nostalgias y añoranzas. Habrán de estar de acuerdo que si bien miramos las estaciones del año se han ido poblando de tópicos; el verano para festivamente desmadrarse y quejarnos todo el día del agobio solar, presumir los nuevos sitios visitados en las vacaciones y refunfuñar por el regreso al trabajo. En Invierno vamos de prisa hacia la taza de café humeante, ajustando la bufanda, frotándonos las manos, refunfuñando de la temperatura y repitiendo la tarabilla aquella de preferirlo porque “al menos puedes cubrirte”. La primavera es salir de este impasse, prepararnos para lo que sigue y parece que no deja otro espacio al comentario que las rebajas. Sin embargo el Otoño se queda ahí, pasmado, nadie puede argumentar a su favor más que el color de las hojas de unos árboles que cada vez miramos menos. El aire frío nos toma por sorpresa y sin darnos cuenta se nos va alojando en el corazón, también casi sin reparar nos vamos quedando en silencio. Como si llegara el momento propicio para abandonarnos al recuerdo, prepararnos para las ausencias y comenzar de vez en cuando a mirar atrás. De golpe, con la primera ráfaga se borran las aventuras y la pasión arriba a otras playas. De alguna manera recordamos que la soledad ha estado siempre ahí y hasta nos atrevemos a conciliar con la idea de que quizás es como mejor se está. Tiempo para llorar por lo que no ha sido y lo que no será. El Otoño me fascina, parece que lo ignoramos para no darle adjetivos, tampoco he escuchado a alguien comenzar la mañana con un “mira tu, el otoño que nos ha tocado”, es como las cosas verdaderas: calladas, presentes, evanescentes, una frágil percepción que dura menos que un verano.