“Consuelo” (la historia de un chilango)

Creo que su nombre fue la causa que viviera tan desgraciada y su hermano, que a punta de apodos y sobrenombres la hizo odiarlo. Si los de tu clan no te respetan, me decía ella, los de afuera  menos…yo compadezco a los hombres porque pienso que muchos están como mutilados, incompletos, no pueden  decir lo que sienten y luego, con el tiempo, pues se acostumbran y ya nunca les salen los sentimientos. Sabes que les gustas pero ellos mejor lo agarran a chanza, te agreden,  se les hace más fácil el insulto, como mi hermano que siempre andaba con aquello de  “consuelamesta”,  a “chelo me la echo”, “con-don y con-suelo”. Por eso digo que la desgracia no es cosa de nacimiento, sino donde haber nacido.

Recuerdo esa primera vez cuando Rosales, su hermano, me pidió quince centavos y me llevó a la cocina de su casa; ella se ocultaba detrás  del refrigerador y mientras se levantaba la falda yo, con el rabillo del ojo,  cuidaba que su madre no se fuera a dar  cuenta; estaba en la habitación que servía de sala, lloriqueaba  frente al  televisor que todavía era en blanco y negro y miraba  “Gutierritos”, la historia de un don trabajador y sufridor.  Se bajó los calzones y lo primero que me fijé es que aún no tenía pelos… “nada de tocar, güey”, me había  advertido Rosales cuando le di el dinero.
Al día siguiente, como era Mayo, me pude confesar temprano porque en ese mes teníamos misa en el colegio todos los días para ofrecerle flores a la virgen, me parece que fue la última vez que lo hice, confesarme. Suavecito y color de rosa, le tuve que mentir al padre  porque insistió tanto que si no le daba gusto me iba a tener hincado ahí toda la mañana, además que haberla visto encuerada ya era pecado mortal y exagerar un poco que más daba. Tampoco dije nada del remordimiento que me dio ver a su mamá ajena a lo que ocurría en la cocina y ajena a mis cochinos pensamientos. Por otro lado sentía que me había enamorado de Consuelo,  tampoco lo dije porque no era pecado y  porque  ya no sabía que contestar a tanta pregunta que me hacía el padrecito y pensaba que si agregaba algo más se iban a enredar más las cosas;  luego su aliento a cebolla y la manera cómo me apretaba el brazo me ponía nervioso. En aquellos días los niños nos confesábamos por enfrente del confesionario y las niñas por la ventanita, apenas alcancé a escuchar la penitencia que me dejaba y me levanté antes que terminara de darme la absolución…bueno, tampoco le dije que ya traía en la bolsa la peseta que Rosales cobraba por tocarla pues ese pecado aún no lo cometía, me santigüe y al comulgar se me pegó la hostia al paladar, eso me dio mala espina.
Semanas después corrieron a Enedina, la muchacha de rancho que trabajaba en la casa, así se les decía: muchachas de rancho. En otras casas también las llamaban sirvientas o criadas, a mi padre eso no le gustaba,  decía que para eso tenían  nombre así que ella era solo Ene para nosotros; ese fue otro pecado gordo y mi primera lección de la injusticia humana, la acusaron de robarse el dinero que mi madre guardaba en el ropero, pero como ya dije, la otra fue la última vez que me arrodillé en un confesionario y he cargado con esa culpa toda la vida…y con otras más que mejor ahora no las traigo a la memoria porque me deprimo.
El dinero no me alcanzaba para pagar las citas de toda la semana, quería tener la exclusiva, en ese tiempo todavía creía que de eso se trataba lo de estar enamorado: querer que una mujer sea toda ella para ti solito. Y es que  Rosales no perdonó mi debilidad y cayó como vampiro sobre mis deseos, que no es una excusa para zafarme de lo que le paso a Ene, pero eso aunque quiera, ya no puedo remediarlo.
Comencé a vivir como sombra de Consuelo, la espiaba y llevaba anotado en la pasta de un cuaderno, con rayitas, como había visto en las películas que hacían los presos en las paredes, a los cabrones que se llevaba Rosales a la cocina de su casa.
Diez años después me gradué de Contador Público en  la UNAM, Consuelo daba masajes “con complemento”, nada más eso, bueno, que no cogía con los clientes, eso me decía; trabajaba con celular y había que preguntar por Rosi. Fueron años de vernos por temporadas casi a diario; luego, cuando sentía que era insoportable compartirla, dejaba pasar los meses sin saber de ella.  Seguía bajo la “protección de su hermano”, así decía ella, que para esos días ya tenía varias mujeres y otras actividades como la venta de maría. Recuerdo la vez que la obligó a darme un “inglés”, la sola palabrita me puso más caliente, ahí si que casi la dejo de querer y no porque no me haya gustado lo que me hizo, siempre la sorpresa de  lo nuevo deja una huella imborrable, dulce, tampoco por que aceptara lo que nunca había hecho, que Rosales desde el rincón del cuarto nos mirara, la verdadera causa del tormento era pensar a cuantos más se lo hacía. Ya por esos días, cuando nos veíamos, al despedirnos,  ponía un billete en la bolsa de mi camisa, la parte del negocio que le tocaba, era su manera de decirme que me quería, que lo nuestro era otra cosa, también por eso  me tenía enganchado, creo.
El día que el taxi machuco a Rosales le entregué el anillo que tenía guardado y le propuse matrimonio. Saliendo del cementerio hablamos con el sacerdote y una semana después éramos marido y mujer. Nos mudamos a Querétaro para silenciar el ruidero que hacían los recuerdos allá donde vivíamos, lo malo es que también allá se quedaron los clientes del despacho “Contabilidad Moderna S.deR.L.”  Me puse a dar clases de computación en una escuela privada, en esos días todavía se usaban  floppys y el único juego era una pelotita que rebotaba en la pantalla; poco a poco iba haciendo una vida nueva, con ella al lado y en esta ciudad que nos gustaba tanto.
Lo bueno fue que no llegaron los niños porque, aunque no lo crean, contador y todo soy muy despistado, no me daba cuenta de muchas cosas; se quitó de otros vicios menos el del polvo y por eso nunca nos alcanzaba el dinero,  pero no me importaba; lo de su enfermedad lo supe en el cementerio, me lo dijo el tipo aquel que nunca había visto y que se acercó dizque para darme el pésame; ya no me importaba nada, era demasiado tarde para todo, se hacía de noche y ya no había nadie en el cementerio. Que me haya dejado solo me dolió mucho, pero también  sentí dentro de mi como un gran descanso.