“Carta a Juan Antonio”

Muy querido amigo,
Como mueven tus palabras, tu último artículo “Que fue de la Patria” …escrito, para más, antes de nuestra querida Morelia que hoy nos hunde a todos en el luto. Reflexiones oportunas y certeras que me hacen compartir la panorámica de niebla, cristales rotos y empañados en que se ha convertido la patria.
Durante este fin de semana pasado se llevó a cabo la fiesta de México en el “Pueblo Español”, ya sabes,  este recinto para turistas  en Montjüik donde se abigarran ejemplos de la arquitectura popular de la península, con su gran patio donde igual se hacen conciertos de Raimón, del Lluis Llac, de los Tigres del Norte, de Tomatito o bien se transforma en ring para torneo de lucha libre como ocurrió en estos días. No asistí, ni ganas que me dieron, mejor me fui a las fiestas de mi barrio, La Ribera,  a escuchar jazz con un trombón cañero, cachondo y divertido que arrancaba carcajadas al asistente, sí, la música convertida en  broma, complicidad, exaltando el espíritu de mi vecina de asiento, una guapa señora catalana ya mayor, que coreaba y llevaba muy bien el ritmo…seguro que ahí andaba el dios del Jazz del que habla Murakami. Que lejos me sentía de lo que suponía se estaba viviendo en Montjüik y que al día siguiente pude leer en algunas crónicas locales que referían, “a la Semana de México que acercó a la cultura del país latinoamericano a numerosos visitantes…además de barceloneses admiradores de la linda región y extranjeros despistados”, con su gastronomía de “burritos, nachos y guacamole, a cargo de chefs mexicanos”, pero “el plato fuerte no fue la cazuelita de frijoles, que ni siquiera lleva chile. La lucha libre mexicana hizo salivar a los visitantes” (sic).  Si, corruptos pero divertidos es como nos miran muchos  catalanes, no todos, hay que decirlo, pero aquellos son los mismos que  asumen que decimos güey a cada dos palabras, comemos chiles a puños y que a la hora de la conversación siempre sacan el tema del moridero, no el de ahora,  ellos, y sin excepción ellas,  tienen fijo el de Ciudad Juárez, no se explican como es que ha durado tanto tiempo sin que las autoridades puedan detenerlo, pero sobre todo,  sin que nosotros, la sociedad, hayamos hecho algo. Algunos de manera cortés, quizá en complacencia con quien esto escribe, acaban comparando aquello con lo que en España ocurre en el tema de la violencia contra las mujeres, pero hay diferencias, todos saben lo que es la mordida y que si en alguien no se puede confiar en México es en la policía. Para más, parece que regresamos a los años cincuentas y cultura también es ocultar nuestra  identidad tras la máscara de Octagón o el Pirata Morgan, luchadores “que se enfrentaron a miembros de la EWE, procedentes de Europa, mucho más esbeltos y menos terroríficos que sus adversarios americanos”;  lonjas y torpes acrobacias moviendo a risa o como decía un amigo que asistió al festejo, “es que los mexicanos siempre ganan con chapuzas, como los rudos”.
Yo tampoco se que fue de la patria, ahora dudo si algún día existió o solo fue en el imaginario sentirme parte de una nación que a mis ojos era grande, mientras, bien lo dices, sus gobernantes arrancaban con su riqueza, con el patrimonio de todos, sin escrúpulos, sin ocultarlo, exhibiéndose, estableciendo alianzas de las que hoy no pueden renegar, sabiendo que la impunidad es su contraseña. Me descubro avergonzado cuando hablo de mi patria, intento justificar lo que en ella ocurre y hablo de los intangibles que en bandejas de roca volcánica, plata y corazones generosos nos daban José Emilio, Paz,  López Velarde, Novo, Pellicer y tantos otros gigantes mexicanos; ya no me la creo Juan, estoy aquí sintiéndome en el limbo, intentando saber si es posible vivir sin el aval de una mexicanidad arrebatada por los sátrapas; que esa es otra, que no se vayan a creer que por tener sus depósitos en paraísos fiscales y comprando fincas en estas tierras escaparán a su destino, hoy los conocemos y a donde vayan los conocerán, serán señalados, aceptados solo por los de su calaña y sin duda por conveniencia pero despreciados, no es que invoque la justicia humana si ni en la divina creo, pero estoy seguro que cada quien cargamos con  el peso de nuestras acciones, hasta el fin de los días, esto es inexorable.
Tampoco se que será de mi futuro porque sin dudarlo Europa igual se hunde, pero antes de que esto ocurra y decida tomar el camino de regreso, intentarán echarnos al mar a todos los intrusos, ya comenzó Rajoy quien culpa a los inmigrantes de haber llegado a fastidiar la fiesta.
Reconstruyo en la memoria, con poca ilusión, ese trayecto tempranero y dominguero de mi casa en la Calle Independencia al Jardín Guerrero, con los adoquines húmedos por la lluvia de la noche y las campanas de San Francisco llamando a misa, pero no se donde poner este bucólico mosaico cuando leo las noticias y me entero de esta terrible realidad que nos ha alcanzado a todos los mexicanos, aquí no hay excepción. Poca ilusión, como imagino que ocurre con la mayoría de los compatriotas que solo desean vivir con tranquilidad y dignamente de lo que un trabajo honrado pueda darles, por muy naif que esto suene; no de la tranza, ni de la concesión, no del amiguismo ni del enchufe, no del negocio que reparte comisiones, no del fraude y el cochupo,  vivir con la conciencia tranquila y la solidaridad que cualquier sociedad merece y necesita.
De cualquier manera, después del jazz, me pasé por el  Chico Chango en la Calle de San Pedro el Grande, un pequeñísimo establecimiento que regentea la Chari de San Luis Potosí y el Diego de Colombia, pedí unas flautas que fácil le llegan aquellas míticas de la Chata del Portal o a las de Blas, las acompañé con una Negra Modelo bien fría y ellos me invitaron un buen tequila para celebrar El Grito de Independencia. Tienen en el bar alguna máscara de luchador en la contrabarra y un par de sombreros colgados en la pared, afortunadamente ninguno con el “Viva México cabrones”, frase que a mi siempre me ha infundido desasosiego y miedo.
Cuídate y dale un fuerte abrazo a quien se deje.