“Cristóbal”

La única vez que lo vieron en la ciudad fue objeto de miradas sesgadas, cuchicheos, alguien por ahí se aventuró a gritarle, con la mano en la boca como obedece a la hipocresía de mi pueblo: ¡payaso!. No faltó quien lo tachara de farsante y dicen,  quienes lo vieron aquel día en las instalaciones de la Feria Ganadera, que la gente se hacía a un lado sorprendidos por su estrafalaria vestimenta. “La verdad nunca había mirado algo así”, me repetía el peluquero de la Alfonso XIII mientras  tronaba sus tijeras cerca de mi oreja, solterón y con el único vicio de viajar don Manuel era de fiar en sus comentarios pues se conocía bien los cinco continentes.
Dicen que caminaba con aire arrogante pero que cuando hablaba con las personas era amable y cortés, en fin, la personalidad de Cristóbal era controversial porque cuando hablé con Mencha, su nana, me aseguró que en su mirada siempre había existido la soberbia.
Referencia obligada a su infancia eran los días que pasó en cama con fiebres “que rompían termómetros”, exageraba el mayordomo, todo por su obstinación en que le cortaran la pierna para usar una de palo. En la cama de latón, más parecida a un trono, con la frente perlada, ventosas y cataplasmas calientes torturándole el cuerpo, rasgaba las sábanas de seda con el garfio que Nicomedes el herrador de la hacienda le había fabricado.
Siguiendo la tradición familiar Cristóbal no asistió a la escuela, a cambio recibía profesores particulares a quienes abrumaba con demandas de cálculos matemáticos, geografía, astronomía, vientos y corrientes marítimas, constelaciones y reflexiones mas allá de la perplejidad de sus mentores.
No cumplía doce años y gracias a una inmensa fortuna, había agotado todo lo relacionado a astro meteorología y complicados instrumentos de medición en lo que parecía caprichos de hijo único. Su habitación era como una ilustración sacada de la imaginación de Julio Verne y  para ese tiempo en el inmenso granero de la hacienda, convertido en su estudio, se apilaban mapamundis, astrolabios, brújulas de sofisticada maquinaria; en las paredes pizarras abigarradas de complejos cálculos y diagramas y sobre el muro principal un mapa celestial en cuya superficie se cruzaban hilos de diferentes colores sacados en un principio del costurero de una callada y distante madre, viuda, a quien la servidumbre apodaba “La Portugesa”. Fue el ama de llaves quien la bautizó con ese sobrenombre desde el día que comenzaron a llegar, con sellos de lejanas regiones, cajas de madera labrada en cuyo contenido brillaban confites elaborados con yema de huevo, encajes, joyas y fotografías avejentadas por el tiempo.
A Cristóbal poco le había consternado la muerte temprana de un padre con quien apenas cruzó palabra en vida y de quien heredó los recursos que ahora le permitían soñar con la empresa a la que se sabía predestinado.
Semanas después de haber cumplido los 18 comenzaron a llegar embarques con materiales ajenos a la actividad agrícola: lonas, tubos de acero, decenas de carretes de cordón de ixtle, equipos que se extendían por los campos antes de cultivo. Bajo el techo del granero se ordenaban los cubículos de media centena de científicos que trabajaban afanosamente apenas cruzando palabras que no fueran en lenguaje matemático y en una docena de idiomas diferentes, aquel hormigueante taller se completaba con el de los albañiles que a toda prisa construían un granero paralelo en donde se recibieron los equipos más sofisticados vistos en la historia de la humanidad, todos ellos con remitente de centros de investigación como los laboratorios del MIT, de la NASA, del Instituto Científico de la Comunidad Europea o de lejanos  cosmódromos  de la nueva Rusia.
Llegaron también, al margen de obreros, diseñadores, calculistas y científicos, una panda de personajes sacados de algún naufragio quienes instalaron su “cuartel” en la sala principal de la hacienda. Desdeñando la luz eléctrica encendían hachones alimentados con brea, quinqués de petróleo cuyo aroma y luz mortecina acompañaban conversaciones que concluían con los primeros rayos del sol. Borrachos y majaderos no se mezclaban con los demás y solo permitían la entrada en aquel “territorio” a su mecenas y capitán de la aventura.
Cuando fueron montados los primeros mástiles en el Cerro del Cubilete dio inicio la leyenda del gran escultor. Seis estructuras cilíndricas terminadas en punta que se perdían entre las nubes, casi seis kilómetros alcanzaba la mayor, que sostenían las inmensas lonas construidas a partir de aleaciones textiles hasta entonces desconocidas.
Los principales medios arrancaron a hablar de Cristóbal solo después de que Raquel Tibol lo citara como : “…continuador de la tradición de artistas mexicanos de gran formato…”. No faltaron las etiquetas y se le comenzó a llamar el “Krysto de América” en referencia al escultor que envolvía edificios en la década de los setentas.
En medio de una actividad febril se instalaron en Cascade Range, formación rocosa en el norteño estado de Oregón de la Unión Americana, otro par de  inmensas columnas de acero en lo que se  bautizó como el “Bauprés Park”. Al corte del listón, autoridades, banda de música  y prensa, se izaron las monumentales banderas, artilugio patriótico utilizado por Cristóbal para convencer a los vecinos de su proyecto y que de inmediato, tensas, atraparon los vientos como el foque de una gigantesca nave.
Unos días despúes, en medio de una nube de reporteros, Cristóbal llegó a la lejana Isla de Tinaré, a dos horas en lancha de la bulliciosa Salvador de Bahía. Su presencia en aquella zona fue aprovechada para acusarlo de protagónico, lo que no impidió que terminara de construir aquellas estructuras de acero en forma triangular dotadas de complicados arreos, engranes, poleas, cables, computadoras, antenas y transmisores que se resumían en una palanca robusta, dócil al tacto, que desplazaba a distancia con suaves movimientos la compleja maquinaria instalada en la isla así como el velamen de las barras y las estrellas y el instalado en el centro geográfico de México, en el estado de Guanajuato.
Cristóbal desapareció un día como desaparecen los héroes cada vez que se les necesita. El monumento, o como le dieron en llamar algunas publicaciones regionales “La Quimera del Bajío”, estaba abandonada. El gobierno del estado, cuidadoso del presupuesto, encontró oneroso mantener las inmensas velas, las arrió para venderlas como deshecho y las sustituyó con banderines publicitarios de una campaña electoral; también aprovecho el sitio para convertirlo en meca para el peregrinaje religioso.
El Bauprés Park devino en parque temático y las inigualables dimensiones de la insignia estadounidense fueron suficientes para constituir el sitio en centro de las principales fiestas cívicas del país  americano.
En la Isla de Tinaré los engranes se oxidaron, el Presidente Municipal saliente cargó con los cables y cuando visité el lugar abandonado encontré, parada sobre la palanca de mando y mirando fijo el horizonte, una urraca prieta.
Un meteorólogo de San Diego fue el primero en dar la voz de alarma. En menos de 8 minutos, tiempo récord consignado por Guiness, la noticia ocupaba el 92 por ciento de los sistemas de comunicación de la aldea global: “…consternada la comunidad científica observó durante los últimos tres años una acentuada aceleración en la velocidad de rotación lo que terminó incidiendo en el movimiento de traslación. Se puede confirmar que no estamos ante un cambio climático, sino en un inexplicable alejamiento de la órbita solar…”
Los mástiles abandonados del foque crujen. Las banderolas se agitan y se desgarran. Parada en el comando con sus ojillos penetrantes y actitud impertérrita, la urraca mira hacia esa noche en la que el planeta azul se adentra para  una nueva era en alejadas órbitas siderales.