El revolver y la regla de cálculo

Fue por una regla de cálculo que aquel domingo por la tarde disparé el revolver del policía de guardia en plena oficina del Banco Nacional de México. Mi padre llevaba en el bolsillo de solapa del saco una de estas reglas, con ella aproximaba las cifras que luego comprobaba en aquella calculadora mecánica Monroe, con esa manivela que él hacía girar frenéticamente hacia atrás y hacia delante para después anotar cifras y cifras en aquellos grandes libros de contabilidad; lo hacía con su pluma fuente Parker de tinta azul rey, con trazos finos y limpios, los número iguales uno a otro. Siempre que tenía oportunidad y esto era cuando echaba la siesta o entraba al baño, sacaba la regla de su estuche de piel e intentaba adivinar la lógica de su mecanismo: medía unos 20 centímetros de largo por unos 4 de ancho, en el medio tenía una regleta que corría de un lado a otro y atenazada a los bordes una pequeña pantalla de unos dos centímetros hecha de plástico transparente, que tenía al centrop una fina línea roja a manera de indicador; un instrumento que antes que pudiera interesarme en aprender su uso ya había sido desplazado por las primeras calculadoras electrónicas.

Mi padre también tenía un revolver calibre 38 de cañón corto, como los que llevaban los detectives americanos en aquellas películas de la matiné del Cine Plaza. Protegido como la regla de cálculo en una funda de piel color marrón, tenía un clip de acero para ajustarla al cinturón. Era pesado, un instrumento fascinante por la perfección de su mecánica y su poder, se acomodaba en la mano con facilidad, sobrio y contundente me aceleraba el pulso con una mezcla de miedo y atracción cuando lo sacaba de su escondite; cachas negras de baquelita y el acero pavonado de que estaba fabricado daba tonos como de obsidiana, siempre cargado con sus seis balas gordas. Mi padre lo guardaba en el cajón de la ropa interior y los pañuelos, debajo de todo, entre bolas de naftalina. Siempre que tenía oportunidad, y éstas eran pocas en una casa donde por lo general vivíamos 12 personas o más, lo sacaba de su funda, lo empuñaba y hacía girar el tambor con mis manps de niño imaginando el paso de los proyectiles frente al percutor, una pequeña uña de apenas un milímetro en la punta del martillo, la encargada de hacer detonar el fulminante que luego incendiaba la pólvora, que provocaba la mini deflagración que provocaba los gases que expulsaban la masa de plomo hacia su blanco. Esta explicación se la escuché a mi padre mientras disparábamos con un rifle calibre 22 a una fila de botellas colocadas sobre una barda de piedra, allá en Tequisquiapan, en la hacienda de los primos Pérez Mendoza y ante la mirada reprobatoria de mi madre.

La emoción fuerte venía cuando lo amartillaba, jalaba con mi pulgar el martillo hasta escuchar el clic que lo dejaba en posición de disparo, a continuación hacia el viaje de regreso jalando del gatillo al tiempo que detenía el martillo para deslizarlo suavemente hasta colocarlo delante de la bala a la que no le había llegado aún su turno, operación que al final me arrancaba un suspiro, el mismo suspiro que experimentaba cuando lograba robar una moneda de 20 centavos del monedero a mi hermana Mavi.

Uno de los queridos miembros de la familia era el Tío Pepe, político en su juventud, compañero de batallas de personajes que después alcanzaron incluso la presidencia de éste país, como Adolfo López Mateos. El tío Pepe y la tía Tala vivían en la Ciudad de México, él construía calderas y en alguna época la tía lo convenció que era un buen negocio la cría de conejos y así, en alguna visita que les hicimos me encontré en el taller de la colonia Nativitas jaulas de estos roedores entre láminas de acero y tanques de acetileno.

Pero lo que les quiero contar ocurrió aquel domingo cuando los tíos estaban de visita en casa. Después de compartir las carnitas, el chicharrón, el arroz y los frijoles, mi padre comentó que había comprado una regla de cálculo que por su tamaño a él no le había servido, pero que quizá fuera de utilidad para el tío, la tenía en el banco donde era sub-gerente y donde esperó infructuosamente la promesa de su ascenso a la gerencia…pero esa es otra historia.

Después del café decidieron ir a buscar la regla y yo ignoro porque si éramos tantos en casa fui el único de los hermanos que acompañó a los dos señores. El banco distaba cuatro calles, en aquel tiempo distancia suficiente para coger el coche así que los tres montamos en la camioneta guayín Chevrolet azul y blanca. El Banco estaba en el mismo sitio que hoy en día pero nada recuerda  aquel edificio soberbio de estilo colonial que fue derribado por la estulticia de algún arquitecto modernizador, afeando el paisaje con el cubo de cemento que hoy conocemos. Entonces decíamos voy “al centro” y así lo anunciamos a un patio vacío por la hora de la siesta

Saludamos al policía que aburrido miraba por la ventanas a las pocas personas que a esa hora paseaban por la calle, más tarde el jardín rebozaría de gente dando vueltas al son de la música que la banda tocaba en el quiosco, era el paseo dominical de todo el pueblo.

De su escritorio mi padre sacó la regla de cálculo, si que era grande, cincuenta centímetros de largo y unos 10 de ancho. El tío Pepe la tomó en sus manos y de manera hábil comenzó a mover los diferentes aditamentos que la componían. Mi padre también saco una pistola que yo nunca había visto y que según dijo había canjeado en la Armería Mendoza, frente a la iglesia del Carmen, por aquel revolver del que ya les he hablado; lo recuerdo diciendo que le habían pagado buen dinero a cambio ya que en ese momento armas cortas como aquella eran muy solicitadas para los oficiales de la revolución cubana. Esta nueva pistola que después vi varias veces en la guantera del coche, era un revolver también sólo que de un calibre más pequeño, 22, cañón largo y nueve tiros. Le sacó las balas que depositó encima del escritorio y así descargada se la pasó a mi tío. Yo daba vueltas por las cajas del banco distribuidas en una barra curva de granito negro y resguardadas por cancelería de hierro forjado, era la época en que los bancos eran sitios respetables con su aire distinguido y elegante que movía a la confianza de los ahorradores, 4% de interés te daban al año por el ahorro, se llevaba registro de los depósitos y retiros en una libreta que entregaban al abrir la cuenta junto con una pequeña caja fuerte de alcancía. En algún momento regresé al escritorio, mi padre estaba de pié frente a él, hablaba algo con mi tío sobre la dichosa regla,  abrí el cajón derecho de su escritorio, vi la pistola ahí dentro, la cogí entre las manos, miré las balas encima del escritorio y entonces apreté lentamente el gatillo seguro de escuchar el clic seco de una arma descargada. El estampido me dejó un zumbido agudo en los oídos, el olor de la pólvora me pareció que invadía el banco entero, el policía nos miraba desde la puerta impávido, mi tío y mi padre se miraban uno al otro sin decir nada, luego voltearon a verme en lo que recuerdo como una escena en cámara lenta, mi padre tomó la pistola de mis manos y aunque el asunto era grave no recuerdo reproche alguno en su mirada. Por una ventana que comunicaba al interior de la casa se oyó la voz del gerente del banco quien vivía con su familia en los altos de la finca, preguntando alarmado sobre lo ocurrido; recuerdo a mi padre lacónico decirle que se me había ido un tiro, nunca hablamos de lo que ocurrió al lunes siguiente cuando de seguro tuvo que dar explicaciones…tampoco nunca sabré si esto lo afectó en su carrera a la gerencia…

La pistola que yo había sacado del cajón era una 38 especial de cañón largo, un pequeño monstruo, era el arma del policía. Mi padre la guardó de nuevo en el cajón, la otra ya la había guardado, descargada, sin que yo me hubiera dado cuenta de ello. Recogió las balas y las metió en el bolsillo del pantalón. Luego examinó los daños: la bala había dado en la delgada lámina que dividía en compartimentos el cajón, partiéndola por la mitad, había atravesado la pared interior del cajón y la doble pared del escritorio para rozar, en su recorrido, la valenciana del pantalón de mi padre que después explicó, sintió el golpe de aire como el de una patada en la espinilla.

Regresamos a casa, puede ser que haya sido en silencio, de aquel final de domingo recuerdo a mi padre dándome una copa de ron dizque para el susto, nunca he podido comprobar la lógica de este remedio, como tampoco nunca pude entender la lógica de las reglas de cálculo.